Hay duelos que empiezan el día de una muerte. Y hay otros que, de alguna manera, habían comenzado mucho antes.
Mi madre murió hace cinco años, después de varios años entrando y saliendo de hospitales. Su salud se había ido deteriorando y, cuando llegó el final, ocurrió en uno de los momentos más extraños que hemos vivido colectivamente: septiembre de 2020, en plena pandemia.
Recuerdo las mascarillas. El miedo. La distancia. Recuerdo no poder besarla como hubiera querido. Y recuerdo, sobre todo, todo lo que quedó sin decir.
Durante mucho tiempo pensé que mi duelo tenía que ver únicamente con haber perdido a mi madre. Hoy creo que era bastante más complejo.
A veces seguimos adelante demasiado pronto
Cuando alguien muere, el mundo continúa funcionando con una normalidad que puede resultar casi ofensiva.
Hay que levantarse. Trabajar. Cuidar. Contestar mensajes. Hacer la compra. Resolver problemas.
Yo, además, tenía una hija pequeña y sentía que debía estar bien por ella. Así que hice algo que hacemos muchas personas ante el dolor: seguir funcionando.
Pero funcionar no siempre significa estar bien.
Mi cuerpo también reaccionó. En aquellos días desarrollé una bronquitis que me impidió estar con mi madre durante sus últimos días consciente. Después apareció la culpa: por no haber estado, por no haberme despedido como necesitaba, por no haber acompañado de otra manera.
Durante mucho tiempo sentí que había quedado una especie de deuda emocional pendiente. Markdown pegado
Con los años he comprendido algo importante: el duelo no consiste en conseguir que deje de doler. Consiste, muchas veces, en encontrar un lugar donde ese dolor pueda existir sin ocuparlo todo.
Dentro de nosotros no hay una única voz
Hay algo del modelo IFS (Internal Family Systems) que me resulta especialmente útil para comprender el duelo: la idea de que dentro de nosotros pueden convivir distintas partes.
Una parte puede estar profundamente triste.
Otra puede estar enfadada con la persona que murió.
Otra puede sentir culpa.
Otra puede incluso sentir alivio y avergonzarse por ello.
Y puede existir una parte que no quiera sentir absolutamente nada y necesite trabajar, ordenar la casa, cuidar a los demás o mantenerse permanentemente ocupada.
No necesariamente hay que elegir cuál de ellas tiene razón.
Quizá podamos empezar preguntándonos:
¿De qué intenta protegerme esta parte que no quiere parar?
En mi propio proceso fui comprendiendo que no necesitaba expulsar ninguna de esas voces, sino hacerles sitio. Markdown pegado
El duelo también necesita cuerpo
Durante mucho tiempo hemos entendido el duelo fundamentalmente como algo que ocurre en nuestra mente: recuerdos, pensamientos, imágenes, culpa, preguntas…
Pero somos cuerpo.
Bessel van der Kolk explica en El cuerpo lleva la cuenta cómo las experiencias traumáticas pueden permanecer presentes en nuestras respuestas emocionales, corporales y fisiológicas (Van der Kolk, 2020).
Esto no significa que todo duelo sea traumático ni que una enfermedad física pueda atribuirse directamente a una emoción. Sería una simplificación peligrosa.
Significa algo más interesante: no siempre podemos pensar nuestro camino para salir del dolor.
A veces necesitamos respirarlo.
Llorarlo.
Sentir dónde se coloca en el cuerpo.
Hablarlo.
Escribirlo.
Compartirlo.
O simplemente dejar de exigirnos que desaparezca.
¿Y si tampoco sabemos ya cómo despedirnos?
Hay otra parte del duelo que me interesa especialmente: cómo nos enseña nuestra sociedad a relacionarnos con la muerte.
Cuando murió mi madre, el velatorio tuvo lugar en un tanatorio en el que ella nunca había estado. El funeral lo ofició una persona que no la había conocido. Después llegó el coche fúnebre, el cementerio y otro discurso.
Todo era correcto.
Y, sin embargo, yo sentía que faltaba algo.
Faltaba ella.
Su historia. Sus palabras. Las personas que la querían hablando de quién había sido. Un lugar verdaderamente nuestro donde poder llorar, recordar, agradecer, enfadarnos o simplemente permanecer juntos.
Byung-Chul Han habla de la progresiva desaparición de los rituales en nuestra sociedad. Y quizá deberíamos preguntarnos qué perdemos cuando perdemos también esas ceremonias compartidas.
Porque un ritual no elimina el dolor.
Le da un lugar.
Nos permite detenernos cuando todo alrededor nos empuja a continuar.
No creo que un duelo tenga que «cerrarse»
Esta es probablemente una de las cosas que más ha cambiado en mi manera de entender la pérdida.
No creo que elaborar un duelo consista en cerrar una puerta y continuar como si aquella persona perteneciera únicamente al pasado.
Mi madre sigue formando parte de mi historia.
Lo que ha cambiado es el lugar desde el que me relaciono con su ausencia.
Ya no siento aquella deuda emocional pendiente. Puedo recordar cosas bonitas y otras que no lo fueron. Puedo quererla sin idealizarla. Puedo aceptar que hubo conversaciones que nunca tuvimos y despedidas que no sucedieron como me hubiera gustado.
Y puedo seguir viviendo.
Quizá de eso se trate.
No de olvidar.
No de «superar».
No de dejar atrás.
Sino de transformar el vínculo para que el amor pueda permanecer sin que el dolor nos impida continuar.
Hablar de la muerte es también hablar de cómo queremos vivir
Hay una paradoja que cada vez me interesa más.
Pasamos buena parte de nuestra vida intentando no pensar en la muerte y, sin embargo, recordar que nuestro tiempo es limitado puede ayudarnos a preguntarnos qué queremos hacer con él.
¿Qué conversación sigo aplazando?
¿A quién necesito decirle que le quiero?
¿Qué límite llevo demasiado tiempo sin poner?
¿Qué estoy posponiendo para ese momento imaginario en el que tenga más tiempo, menos miedo o las circunstancias sean perfectas?
La tradición budista lleva siglos trabajando con la conciencia de la impermanencia. Carl Rogers hablaba de la apertura a la experiencia como parte del proceso de convertirse plenamente en persona. Desde lugares muy diferentes aparece una intuición parecida:
estar plenamente vivo no consiste únicamente en permitirnos sentir lo agradable. También supone aprender a permanecer junto a aquello que duele.
Tal vez mirar la muerte no nos aleje de la vida.
Tal vez ocurra exactamente lo contrario.
Porque cuando comprendemos de verdad que un vínculo, un instante y una vida son irrepetibles, algunas cosas que parecían urgentes dejan de serlo.
Y otras, que llevábamos demasiado tiempo aplazando, empiezan a importar.
Mi madre murió hace cinco años. Mi relación con ella, de alguna manera, no terminó aquel día. Se transformó. Y aprender a vivir con esa transformación ha sido también una forma de aprender a vivir.
