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Tu cuerpo también tiene algo que decir: lo que la neurociencia descubre sobre el mindfulness y el yoga

Hay días en los que sabes perfectamente lo que te ocurre. Has identificado el problema, has hablado de ello, incluso comprendes de dónde viene tu ansiedad. Y, sin embargo, tu cuerpo sigue en tensión.

Los hombros permanecen elevados, la mandíbula apretada y la respiración apenas llega al pecho. Tu cabeza entiende que no hay peligro, pero algo dentro de ti continúa en alerta.

¿Por qué comprender lo que nos sucede no siempre es suficiente para sentirnos mejor?

Una parte de la respuesta está en el diálogo constante entre el cerebro y el cuerpo.

Durante siglos, prácticas como el yoga, la meditación y el pranayama —las técnicas de regulación respiratoria procedentes de la tradición del yoga— han utilizado la atención y la respiración para cultivar estados de mayor presencia y equilibrio.

Hoy, la neurociencia empieza a explicar algunos de los mecanismos fisiológicos que podrían contribuir a sus beneficios.

Y esto tiene implicaciones muy interesantes para la psicoterapia: a veces, para acompañar lo que sentimos, necesitamos dejar de buscar todas las respuestas en nuestros pensamientos y empezar a escuchar también al cuerpo.

El cerebro no trabaja solo: la neurociencia del cuerpo

Durante mucho tiempo hemos imaginado el cerebro como una especie de director de orquesta que envía instrucciones al resto del organismo.

Sin embargo, la relación es mucho más compleja.

El corazón, los pulmones, el aparato digestivo y los músculos envían continuamente información al sistema nervioso. El cerebro interpreta esas señales y las integra con nuestros recuerdos, expectativas y experiencias para ayudarnos a responder a lo que sucede.

La neurocientífica Nazareth Castellanos, conocida por su trabajo divulgativo sobre la relación entre cerebro, cuerpo y meditación, ha contribuido a acercar esta perspectiva al público.

Su planteamiento nos invita a comprender que la actividad mental no está aislada de la experiencia corporal.

Interocepción: aprender a escuchar lo que ocurre dentro

La interocepción es la capacidad del sistema nervioso para detectar e interpretar señales procedentes del interior del organismo.

Gracias a ella podemos percibir el latido del corazón, el hambre, la tensión abdominal o los cambios en nuestra respiración.

Pero también participa en nuestra experiencia emocional.

Piensa en una conversación incómoda. Quizá antes de reconocer que estás enfadada ya has notado calor en la cara, presión en el pecho o un nudo en el estómago.

El cuerpo no siempre espera a que encontremos las palabras.

Esto no significa que cada sensación tenga un significado emocional fijo. Una presión en el pecho, por ejemplo, puede tener diferentes causas y no debe interpretarse automáticamente como ansiedad.

Lo interesante es que aprender a observar nuestras señales corporales, sin precipitarnos a juzgarlas, puede ayudarnos a reconocer antes ciertos estados de activación.

En terapia, esta capacidad abre una puerta importante: identificar lo que nos sucede cuando todavía tenemos margen para responder, antes de sentirnos completamente desbordados.

La postura también participa en cómo nos sentimos

Cuando estamos preocupados, nuestra postura puede cambiar: encogemos los hombros, tensamos el abdomen o reducimos nuestros movimientos.

A su vez, las señales que llegan desde músculos y articulaciones forman parte de la información que el cerebro utiliza para construir nuestra experiencia corporal.

No existe una postura mágica capaz de eliminar la tristeza o la ansiedad. Pero observar cómo estamos colocados, recuperar cierta movilidad y encontrar una posición cómoda puede facilitar una relación más consciente con nuestro estado interno.

A veces, el primer paso no consiste en decirnos «tranquilízate», sino en preguntarnos:

«¿Qué está haciendo mi cuerpo mientras intento tranquilizarme?»

Respirar también es comunicarnos con el cerebro

Respiramos miles de veces al día sin prestar atención. Y, sin embargo, la respiración tiene una característica especialmente valiosa: funciona de manera automática, pero también podemos modificarla voluntariamente.

Es una especie de puente entre los procesos involuntarios del organismo y nuestra capacidad consciente de intervenir sobre ellos.

¿Por qué importa respirar por la nariz?

Nazareth Castellanos ha explicado en distintas intervenciones cómo la respiración nasal está relacionada con la actividad cerebral.

Un estudio publicado en The Journal of Neuroscience en 2016 observó que el ritmo de la respiración nasal se asociaba con oscilaciones neuronales en regiones como el hipocampo, implicado en la memoria, y la amígdala, relacionada con el procesamiento de información emocional y relevante para la supervivencia.

Los investigadores encontraron también diferencias en determinados procesos de memoria y reconocimiento emocional según la fase respiratoria.

Estos hallazgos son fascinantes, aunque conviene interpretarlos correctamente: no demuestran que respirar por la nariz elimine la ansiedad ni que desactive automáticamente la amígdala.

Lo que muestran es que la respiración y la actividad cerebral mantienen una relación más estrecha de lo que tradicionalmente imaginábamos.

Exhalar despacio: una manera de favorecer la regulación

Cuando estamos bajo estrés, la respiración puede acelerarse o volverse irregular.

En cambio, practicar una respiración lenta, cómoda y sin esfuerzo puede influir en el funcionamiento del sistema nervioso autónomo, encargado de regular procesos como la frecuencia cardíaca.

Las investigaciones sobre respiración lenta han encontrado mejoras en indicadores como la variabilidad de la frecuencia cardíaca, relacionada con la regulación cardiovascular autónoma, y resultados prometedores sobre el estrés percibido.

En algunas prácticas se utiliza una exhalación ligeramente más larga que la inhalación.

No se trata de obligar al cuerpo a relajarse, sino de ofrecerle un ritmo que pueda resultar más cómodo.

Y aquí hay algo fundamental: no todas las técnicas respiratorias son adecuadas para todas las personas ni en todos los momentos.

Si existe una historia de trauma, episodios de pánico o una especial sensibilidad a las sensaciones internas, concentrarse intensamente en la respiración puede aumentar el malestar. Por eso, en un proceso terapéutico, la práctica debe adaptarse a cada persona.

Mindfulness: observar sin tener que controlarlo todo

Una de las dificultades que aparecen con frecuencia en terapia es la necesidad de controlar nuestros pensamientos y emociones.

Queremos dejar de sentir miedo, eliminar la tristeza o conseguir que nuestra mente se quede en blanco.

Pero cuanto más luchamos contra algunas experiencias internas, más espacio parecen ocupar.

El mindfulness propone otra relación con lo que nos sucede.

No consiste en dejar de pensar, sino en aprender a reconocer nuestros pensamientos, emociones y sensaciones sin reaccionar automáticamente ante ellos.

Por ejemplo, si aparece el pensamiento «no voy a poder con esto», podemos practicar observarlo como un pensamiento, en lugar de asumir inmediatamente que describe la realidad.

Ese pequeño espacio entre lo que aparece en nuestra mente y lo que hacemos después puede resultar especialmente valioso.

¿Qué tiene que ver esto con la neuroplasticidad?

La neuroplasticidad es la capacidad del sistema nervioso para modificar sus conexiones y patrones de funcionamiento a través de la experiencia y el aprendizaje.

Cuando hemos vivido situaciones de estrés durante mucho tiempo, determinadas respuestas pueden volverse habituales.

Una crítica puede activar una necesidad inmediata de justificarnos. Un desacuerdo puede despertar miedo al rechazo. Un momento de descanso puede desencadenar culpa.

Estas reacciones no desaparecen simplemente porque comprendamos su origen.

Pero podemos desarrollar nuevas maneras de responder.

La práctica de mindfulness, junto con otras intervenciones terapéuticas, puede contribuir a entrenar habilidades como la atención, la conciencia emocional y la regulación de la respuesta al estrés.

No es que el cerebro borre necesariamente los aprendizajes anteriores o los sustituya de forma automática. Más bien, puede incorporar nuevas experiencias y respuestas que amplíen nuestras posibilidades de elección.

Y esto, en psicoterapia, importa mucho.

Yoga y psicoterapia: cuando el cuerpo entra en la conversación

Hay experiencias que nos cuesta expresar con palabras.

A veces sentimos una tristeza difícil de explicar, una inquietud que aparece sin una causa evidente o una tensión que parece acompañarnos desde hace años.

Desde una mirada humanista integrativa, trabajar con el cuerpo permite explorar aspectos de nuestra experiencia que no siempre aparecen en el relato verbal.

El yoga puede ser un complemento interesante porque combina movimiento, atención, respiración y percepción corporal.

No se trata de alcanzar una postura perfecta.

Se trata de descubrir qué sucede mientras nos movemos.

¿Puedo reconocer mis límites? ¿Me permito descansar cuando lo necesito? ¿Me comparo con otras personas? ¿Aparece esa voz interna que me exige hacerlo mejor?

De pronto, una práctica corporal sencilla puede convertirse también en una oportunidad de autoconocimiento.

Del piloto automático a una respuesta más consciente

Imagina que durante una práctica notas cómo empiezas a tensar los hombros.

En lugar de continuar sin darte cuenta, haces una pequeña pausa.

Reconoces la tensión, observas si estás esforzándote demasiado y decides modificar la postura.

Ese gesto aparentemente sencillo contiene un aprendizaje importante: puedes escuchar una señal de tu cuerpo y responder a ella sin esperar a llegar al límite.

En un proceso terapéutico, este tipo de experiencias puede ayudar a explorar patrones de autoexigencia, dificultad para poner límites o desconexión de las propias necesidades.

La investigación sobre yoga y meditación muestra resultados favorables en distintos indicadores de estrés, aunque la calidad de los estudios y la magnitud de los efectos varían.

Por eso, estas prácticas deben entenderse como recursos complementarios, no como sustitutos de tratamientos psicológicos o médicos cuando son necesarios.

Trauma, sistema nervioso y seguridad corporal

Cuando una persona ha vivido experiencias traumáticas, determinadas sensaciones, recuerdos o situaciones pueden activar respuestas de defensa incluso cuando el peligro original ya no está presente.

En ocasiones aparece hiperactivación: inquietud, tensión, hipervigilancia o dificultad para descansar.

En otras, predominan el bloqueo, el entumecimiento emocional o una sensación de desconexión.

Estas respuestas merecen ser comprendidas dentro de la historia de cada persona, no juzgadas como falta de voluntad.

Por eso, en el acompañamiento del trauma, prestar atención al cuerpo puede resultar útil, siempre desde la seguridad y el respeto al ritmo individual.

A veces comenzamos con algo tan sencillo como notar el apoyo de los pies en el suelo, orientar la mirada hacia la habitación o identificar una posición que resulte confortable.

No buscamos forzar una emoción ni provocar una experiencia intensa.

Buscamos ampliar, poco a poco, la capacidad de estar presentes con lo que sucede sin sentirnos obligados a soportarlo todo.

Un ejercicio de dos minutos para volver a ti

No necesitas una esterilla, música especial ni experiencia previa en meditación.

Solo un lugar donde puedas detenerte un momento.

Minuto 1: encuentra un punto de apoyo

Siéntate de una manera cómoda.

Puedes mantener los ojos abiertos y dirigir la mirada hacia algún objeto de la habitación.

Nota el contacto de los pies con el suelo o de tu espalda con la silla.

No tienes que cambiar nada.

Pregúntate suavemente:

«¿Qué sensaciones puedo reconocer ahora mismo?»

Quizá notes tensión, temperatura, movimiento o simplemente el contacto con la superficie que te sostiene.

Todo está bien. No necesitas sentir nada especial.

Minuto 2: acompaña tu respiración

Observa durante unos instantes cómo entra y sale el aire.

Si te resulta agradable, prueba a inspirar suavemente durante unos cuatro segundos y exhalar durante unos seis.

Sin retener el aire. Sin llenar demasiado los pulmones. Sin forzar el ritmo.

Repite unas pocas veces.

Si contar te incomoda, abandona la cuenta y respira naturalmente.

Antes de continuar con tu día, hazte una última pregunta:

«¿Qué necesito ahora que quizá estaba pasando por alto?»

Puede que necesites moverte, descansar, beber agua o simplemente continuar.

No busques una respuesta perfecta.

El propósito del ejercicio no es conseguir una calma inmediata, sino practicar una forma de escucharte.

Si aparecen mareo, ansiedad o incomodidad, detén la respiración guiada y vuelve a respirar con naturalidad. También puedes centrar tu atención en los objetos que te rodean.

Integrar cuerpo y mente: otra manera de acompañar el bienestar emocional

La neurociencia nos está ayudando a comprender algo esencial: nuestra experiencia emocional no ocurre únicamente en los pensamientos.

También intervienen la respiración, las señales internas del organismo, el movimiento, la memoria y la relación que mantenemos con nuestro entorno.

En mi trabajo como psicoterapeuta humanista integrativa y transpersonal, esta mirada tiene un lugar importante.

Acompaño procesos en los que la palabra convive con la conciencia corporal, la atención plena, la exploración emocional y el respeto profundo a los ritmos de cada persona.

Porque comprender nuestra historia es importante. Pero también puede serlo descubrir cómo la vivimos hoy en el cuerpo y qué necesitamos para relacionarnos con ella de una forma diferente.

No siempre necesitamos hacer más. A veces necesitamos aprender a escucharnos mejor.

Si sientes que llevas demasiado tiempo funcionando en automático, sosteniendo responsabilidades o intentando controlar lo que sientes, podemos explorar juntas una forma de acompañamiento que integre cuerpo, emoción y conciencia.

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Tu cuerpo también forma parte de tu historia. Merece ser escuchado.

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