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¿Y tú, para cuándo? Cuando lo importante siempre queda para después

Hay una frase que escucho con frecuencia:

«Cuando tenga un poco más de tiempo…»

Cuando termine este proyecto.
Cuando los niños estén más tranquilos.
Cuando pase esta época.
Cuando tenga menos trabajo.
Cuando solucione aquello.
Cuando me organice mejor.

Entonces descansaré.

Entonces volveré a pintar.

Entonces quedaré con esa amiga.

Entonces pensaré qué quiero hacer con mi vida.

Entonces me cuidaré.

Entonces volveré a mí.

El problema es que ese momento casi nunca llega.

Porque terminamos una obligación y aparece otra. Tachamos algo de la lista y, casi sin darnos cuenta, añadimos tres cosas nuevas.

Y así podemos pasar meses. Incluso años.

Funcionando.

Cumpliendo.

Resolviendo.

Pero cada vez un poquito más lejos de nosotros mismos.

Tenemos agenda para todo menos para lo que necesitamos

Agendamos reuniones.

Citas médicas.

Tutorías.

Entregas.

Compras.

Gimnasio.

Cumpleaños.

Revisiones.

Recados.

Incluso recordatorios para acordarnos de otros recordatorios.

Pero hay cosas que rara vez aparecen en el calendario:

¿Cómo estoy?

¿Qué necesito?

¿Qué me está haciendo bien últimamente?

¿Qué estoy sosteniendo porque realmente lo quiero y qué hago simplemente porque creo que debo hacerlo?

Puede parecer paradójico, pero aquello que consideramos más importante suele ser precisamente lo que más posponemos.

Nuestra calma.

Nuestra creatividad.

El descanso.

El placer.

La conexión.

El silencio.

El encuentro con nosotros mismos.

Quizá porque vivimos con la sensación de que primero hay que terminar todo lo demás.

Pero todo lo demás nunca termina.

La sensación permanente de no dar abasto

Muchas personas llegan a consulta con una percepción muy concreta:

«No llego.»

No llego al trabajo.

No llego a mi familia.

No llego a mis amigos.

No hago suficiente ejercicio.

No descanso bien.

No leo.

No contesto los mensajes.

No estoy suficientemente presente.

No me organizo como debería.

Y debajo de ese «no llego» suele haber algo más profundo.

Una vida llena de “tengo que”.

Tengo que aprovechar el tiempo.

Tengo que contestar.

Tengo que ser productiva.

Tengo que estar disponible.

Tengo que hacerlo bien.

Tengo que ocuparme.

Tengo que poder.

Lo curioso es que pocas veces nos detenemos a comprobar quién decidió todo eso.

¿Cuántas de esas necesidades son realmente nuestras?

¿Cuántas nacen del miedo a decepcionar?

¿Cuántas pertenecen a la imagen de la persona que creemos que deberíamos ser?

A veces confundimos necesidad con exigencia

Nos acostumbramos tanto a vivir respondiendo a demandas externas que podemos terminar sintiendo como propias cosas que quizá nunca elegimos.

Ser siempre eficiente.

Tener una determinada vida.

Ser la persona que resuelve.

Cuidar de todos.

Aprovechar cada minuto.

Estar disponible.

Hacer las cosas perfectamente.

Mantener cierta imagen.

Y mientras intentamos responder a todas esas expectativas puede ocurrir algo silencioso:

dejamos de escucharnos.

No suele suceder de repente.

No hay necesariamente una gran crisis.

Simplemente un día alguien te pregunta:

«¿Y tú qué quieres?»

Y no sabes muy bien qué responder.

Las máscaras también cansan

Todos desarrollamos formas de adaptarnos.

La responsable.

El gracioso.

La fuerte.

La que nunca molesta.

El que siempre tiene una solución.

La complaciente.

La perfecta.

La independiente.

En determinados momentos de nuestra historia esas formas de funcionar pudieron ser tremendamente útiles.

Nos ayudaron a pertenecer.

A obtener reconocimiento.

A sentir seguridad.

A proteger determinados vínculos.

El problema aparece cuando dejamos de utilizarlas y empezamos a vivir dentro de ellas.

Cuando ya no sabemos si estamos siendo responsables porque queremos o porque sentimos que no podemos permitirnos fallar.

Cuando cuidamos porque nos nace o porque poner un límite nos produce una culpa insoportable.

Cuando estar ocupados se convierte incluso en una forma de no escuchar lo que ocurre dentro.

Entonces aparece un cansancio diferente.

No solo estamos agotados de hacer cosas.

Estamos agotados de sostener una determinada versión de nosotros mismos.

Por eso parar puede resultar tan incómodo

Decimos que necesitamos descansar.

Pero cuando finalmente tenemos una tarde libre, muchas veces no sabemos qué hacer con ella.

Cogemos el móvil.

Buscamos algo pendiente.

Ordenamos.

Contestamos correos.

Nos inventamos otra tarea.

Porque parar no significa únicamente dejar de hacer.

Parar puede significar empezar a sentir.

Y ahí quizá aparecen preguntas que llevábamos tiempo esquivando.

¿Estoy viviendo como quiero?

¿Hay espacio para mí en mi propia vida?

¿Cuándo fue la última vez que hice algo simplemente porque me apetecía?

¿En qué momento todo se volvió tan serio?

¿Y si para encontrarnos necesitáramos jugar un poco más?

Aquí aparece algo que me interesa especialmente.

El juego.

Cuando somos adultos solemos relacionarlo con la infancia, con lo superficial o con algo que hacemos cuando ya hemos terminado nuestras responsabilidades.

Sin embargo, jugar tiene algo profundamente revelador.

Cuando jugamos, improvisamos o creamos no podemos controlar completamente lo que va a suceder.

Y precisamente por eso aparecen cosas interesantes.

La necesidad de hacerlo perfecto.

La vergüenza.

La dificultad para ocupar espacio.

El miedo al ridículo.

La tendencia a dirigir.

La necesidad de agradar.

El impulso de compararnos.

El deseo de desaparecer cuando sentimos que alguien nos observa.

Pero también pueden aparecer otras partes que quizá llevaban tiempo esperando.

La espontánea.

La creativa.

La curiosa.

La absurda.

La divertida.

La que se atreve.

La que no necesita saber exactamente qué va a pasar.

Y entonces podemos observarnos desde un lugar diferente.

No desde:

«Tengo que corregir esto de mí.»

Sino desde:

«Qué curioso… hago esto.»

Ese pequeño cambio tiene mucho valor.

Porque la curiosidad abre posibilidades donde el juicio suele cerrarlas.

El humor también puede ser una forma de conciencia

Hay temas importantes que merecen profundidad.

Pero profundidad no significa necesariamente solemnidad.

A veces podemos reconocer uno de nuestros patrones y, por primera vez, mirarlo con cierta ternura.

«Ahí está otra vez mi necesidad de hacerlo perfecto.»

«Mira qué rápido he intentado cuidar a todo el grupo.»

«No han pasado ni cinco minutos y ya quiero saber cuáles son las reglas.»

Poder sonreír ante nuestras propias estrategias no significa banalizar nuestra historia.

Significa dejar de tratarnos como si fuéramos un problema que necesita ser solucionado.

Y quizá empezar a mirarnos como alguien a quien merece la pena conocer.

De aquí nace El arte de encontrar-te

He creado este taller alrededor de una pregunta muy sencilla y, a la vez, bastante incómoda:

¿Quién eres cuando durante un rato dejas de intentar ser quien crees que deberías ser?

No será una tarde para acumular más teoría.

Tampoco para añadir otra obligación de crecimiento personal a nuestra lista interminable de cosas que deberíamos hacer mejor.

Será un espacio para experimentar.

Jugaremos.

Crearemos.

Nos moveremos.

Nos reiremos.

Observaremos algunas de nuestras máscaras.

Exploraremos miedos, formas de relacionarnos, necesidades y maneras automáticas de protegernos.

Habrá momentos para mirar hacia dentro y otros para encontrarnos con los demás.

Porque muchas veces nos conocemos precisamente ahí: en relación.

Y utilizaremos la creatividad y el humor para acercarnos a todo ello desde un lugar más amable.

No para buscar una versión perfecta de nosotros mismos.

Sino para hacer un poco de espacio y descubrir qué aparece cuando dejamos de esforzarnos tanto por ser alguien.

Quizá encontrarte también necesite una cita en tu agenda

Siempre habrá algo pendiente.

Un mensaje.

Un correo.

Una lavadora.

Un problema que resolver.

Algo que organizar.

La pregunta es cuánto tiempo queremos seguir esperando para ocupar un lugar en nuestra propia vida.

Porque cuidarnos no debería ser únicamente aquello que hacemos cuando ya hemos cumplido con todo.

Nosotros también somos parte de lo importante.

Y quizá encontrarnos empiece por algo mucho más sencillo de lo que imaginamos:

reservarnos unas horas,

salir durante un rato de la vorágine,

jugar,

crear,

observarnos,

reírnos un poco…

y volver a preguntarnos:

¿Qué quiero yo?

El arte de encontrar-te

Un taller vivencial de autoconocimiento, creatividad, cuerpo, juego y humor para explorar nuestras máscaras, necesidades, miedos y formas de relacionarnos desde un lugar diferente.

19 de septiembre · Madrid

Quizá no necesites añadir nada más a tu vida.

Quizá necesites hacer un poco de espacio para volver a encontrarte.

Más información e inscripciones en El arte de encontrar-te

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